Martes, 13 de febrero de 2007
Andreas
Sigues hablando en voz excesivamente alta, me resigno y cabizbajo te observo de reojo como la expresión de tu cuerpo denota una frustración ya conocida. Acabas, te gira enfadada, refunfuñas como una niña pequeña y te marchas. Seguramente los 15 minutos más desperdiciados de nuestras vidas, pero tú lo solucionas todo con un portazo bastante artificial.
Volverás, como siempre, con tu dignidad bien baja. Te abriré la puerta por no romper la monotonía, te desnudaré lentamente y te susurraré todo lo que necesitas oír. Al final, me abrazaras y te dormiras entre ligeros balbuceos inconscientes.
No alcanzo a entender como es posible que no me conozcas. Hoy estoy aquí, mañana quien sabe…
Pero no me pretendas atar, siempre eres tú la que se rompe en mil pedazos, se hecha a llorar en la cama y luego soy yo el que cambia las sábanas.
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Martes, 6 de febrero de 2007
Andreas
- No tengo nada que decir – mustió bajando la vista al suelo. Un tenue suspiro prosiguió mientras entrecruzaba los dedos de las manos y se apoyaba de forma incómoda en la pared.
- Pues bien vas a tener que pensar algo, ahora estás solo – su interlocutor marcó la última palabra una entonación que denotaba una trascendencia aparentemente no comprendida.
Levantó la vista por un segundo, dejando escapar una mirada manchada de odio e incomprensión.
- Me voy – dijo al mismo tiempo que se incorporaba rebuscando en su bolsillo un paquete arrugado de Fortuna, del cual sacó un maltrecho cigarrillo que se llevo a los labios mientras con las manos procuraba encender el mechero.
Cuando la distancia que los separaba se hizo notoria, el otro hombre le grito – ¿Es que no vas a crecer nunca?.
Caminó hasta el puente de la Sideral, dónde se sentó a ver pasar los trenes (y las horas). De vez en cuando sacaba una bolsa de plástico transparente, que de su uso ya se había vuelto translúcida, e iba extrayendo chinas de hachís para liarse los porros.
Entre humo y fantasías veía crecer en su interior una sensación de angustia que le iba desgarrando poco a poco.
Estaba solo, completamente solo. Pero no era una novedad, en el orfanato siempre había experimentado una sensación de soledad que los demás ocupaban con vandalismo y drogas. Y él siguió la misma suerte, y así estaba, con su viejo enterrado y sin nadie a quien acudir.
Se levantó perezoso, desplazando la vista por las vías mientras se agarraba con alguna dificultad a la barandilla. Vio pasar al último mercancías del día, y se fue sin rumbo fijo por las escaleras que iban a la zona industrial.
“Rodeó su nuca con la mano, acarició el bello que poblaba esa zona y le dio un beso en la frente.
Inhaló una bocanada de aire mientras separaba sus labios de su piel, y fijó la mirada en las pecas que ella tenía en la nariz.
Con un golpe certero clavó el cuchillo en el vientre de la chica, sin dejar de mirarle fríamente a los ojos. En pocos segundos sus manos se envolvieron de la vida que se perdía (o ganaba), y se regocijo en la idea dejando que el suelo fuera empapandose.
Disfrutaba escuchando el sonido que generaba el acto de mover descontroladamente el cuchillo arriba y abajo dentro de su cuerpo; acuoso como el que produce una manta mojada al ser lanzada contra el suelo encharcado.
Repasó con sus dedos la comisura de sus labios, limpiándole la cara; para, acto seguido, degustar el sabor de su esencia con su lengua. No pudo resistir la tentación, y al agarrarla bien fuerte para darle un último beso no supo controlarse y acabo atravesando más de lo que deseaba el frágil cuerpo, hasta que un sonido seco marcó el final de un baile inesperado.”
La lámpara de aceite le indujo sensualmente a acostarse, mientras de sus hebras emanaban los últimos vestigios de una llama azulada.
Sopló encima del papel para que se secará la tinta, y cerró con cuidado el cuadernillo. La pluma reposaba dentro de un frasco de cristal, al lado del tintero. Por la mañana tendría que limpiar de nuevo toda la mesa, ahora marcada por las frías horas de soledad perdidas frente a una pared gris y una mesa de madera.
Deslizó la suave hoja por la piel describiendo una línea casi perfecta. Acto seguido la fina superficie rosada empezó a teñirse de rojo mientras grandes gotas surgían impacientes.
Miró sin ganas el cuerpo indefenso y se dio la vuelta. Quedaban demasiadas cosas por hacer y el recipiente tardaría unos minutos en llenarse.
Afiló de nuevo su cuchillo, está vez optó por coger el de mayor tamaño.
Limpió a consciencia el mármol dónde reposaban sus instrumentos, anotó en un papel un par de palabras y se volvió.
Sus ojos cristalinos se movían nerviosos sin fijar la mirada en ningún lugar concreto.
Un último espasmo marcó el final.
Suspiró, alzó el cuchillo y con un corte certero separó el cuerpo de la cabeza. Un suave golpe la desplazó rodando hasta la basura, dónde reposaban un par más en el fondo. Grandes moscas habían dado cuenta del botín y revoloteaban con ansia encima de la fresca sangre.
Un par de cortes más y le quitó las extremidades.
Ahora venía la parte laboriosa: cuchillo pequeño y plano, corte del cuello al abdomen, y con un poco de suerte sacaría la piel con facilidad. Nadie podía evitar que su delantal acabará manchado de nuevo; tendría que pasarse la tarde frotando con fuerza las secas manchas.
Tiró con fuerza y la piel fue separándose hasta dejar el cuerpo totalmente desnudo. Lo puso encima de un plato metálico y salió de la trastienda. La señora Wigger esperaba impaciente.
- ¿Dónde estabas chico? ¿Acaso crees que tengo todo el día? -
- Perdón señora Wigger, aquí tiene su pollo -
Cuando se cerró la puerta Fred cerró los ojos. Aquellas paredes oprimían sus sueños. Él siempre quiso ser médico, pero lo más cerco que estuvo de un hospital fué cuando Tom se cortó un dedo.