Aún

Resulta curioso como el tiempo, con su pasar, relaja las percepciones.

Es casi delictivo recordar situaciones pasadas, tañidas de diferentes emociones, y ver como se diluyen hasta formar un conjunto apaciguado.

La perspectiva temporal tiene la virtud de agrandar el punto de vista y distinguir pequeños matices que pasaron desapercibidos.

Y al final, cuando ha madurado suficiente, se muestra con un matiz diferente y desconocido.

Y a veces te sientas, suspiras y alzas la vista con aprobación.

Y piensas: “sí, aún”.

Ausente

A veces estás; y sin embargo, la mayoría eres una voz quejumbrosa en el horizonte.
Por cada una de tus palabras, me robas segundos de tranquilidad.
Y me llamas de madrugada llorando soledad, sin saber que tú eres la razón y la solución.

Y yo sigo aquí, impasible, a tu lado.
Aguantando cada una de tus iras y tus reproches.
Esperando.
Esperando a que vuelvas.
A que seas tú, solamente tú, sin medias tintas.

Sé que disto de ser la mejor compañía que has podido tener en estos momentos.
Sé que he estado lejos, a más de una llamada de distancia.
Sé que te he ocultado y evitado hasta el infinito; sin saber que, cuanto más huía, menos me conocía a mi mismo, a ti.

Busqué en otros ojos la solución a estos problemas.
Sin pronunciarlos, sin siquiera mencionarlos.
Y aunque hubieron que quisieron escucharme, les escondí de mi, de ti, de todo; hasta que se fueron.

Ahora recogemos juntos esta cosecha de una vida maltrecha.
Tú, intoxicada con tu soledad; yo, ausente de corazón.

Páginas vacías

Cierras los ojos y te pierdes.
Te pierdes en un mundo infinito, propio, cálido a la par que oscuro.

Un vertedero reciclado de deshechos propios por discernir.

Paseas una visión de ti mismo por cada recóndito rincón de un universo conocido. Y temido.
Sigues senderos señalados, a recaudo de desconocer el destino certero.

Y evitas piedras recurrentes, sin éxito más real que el conocimiento añadido.

En un claro perdido descansa un sillón raído por el tiempo.
Un libro espera junto a él. Un libro con páginas vacías por rellenar.

extranjero

Vuelves de nuevo,
al rincón perdido de antaño.

Sigues buscando despojos,
dichosos de ser encontrados.

¿A que vuelves extranjero?
¿A buscar aquello que no te dieron?

Un camino que se tuerce,
se pierde en el hastío
de otro verano inconsciente.

Cobijate entre tus rocas,
y abraza su murmullo
a la vera de las olas.

Vete ya, extranjero,
olvida este lugar,
y no vuelvas de nuevo.

Y nada fue

Y de repente, silencio; un silencio abrumador.
El tipo de silencio de relleno de cuando no queda nada más que decir y las miradas se pierden por el mobiliario impertérrito del salón.
Un silencio prolongado, doloroso e insistente.
Un silencio inolvidable, que deja mella en la memoria.
El típico silencio marcado con el pasar de los segundos de un viejo carillón.
El silencio retentivo de los que más tarde meditarán profundamente los hechos, sin saber qué o quién tenía o no razón. O en su defecto, culpa.
Aquel silencio que los cobardes usan para abrigarse con él, empaparse de su oscuro centellear y huir de la situación.
Ese silencio en el que los sonidos no son bienvenidos; más bien exentos de presencia y voto.

Pero era un silencio etéreo, indiscutiblemente efímero.
Y como tal, se fue.

No sé quien lo rompió; si tu o yo.
No importa, tu no hablabas y yo no podía escuchar.

Desde el cristal las luces hirientes del semáforo parpadeaban con naturalidad.

Todo terminó con el tañido familiar de la línea telefónica al finalizar la llamada.
Me quedé unos instantes mirando el horizonte, definido por un edificio blanco austero con tendencia al simplismo urbanístico.

Todo quedó en nada.

Y nada fue.

La coleccionista de recuerdos

Una habitación amplia, decorada con una mesa grande de cristal; una lámpara de araña cuelga hasta poco centímetros por encima de la mesa, y sillas de madera con un respaldo negro a su alrededor.
Un hombre sentado mira al infinito por una basta ventana acristalada; el anaranjado de la puesta de sol inunda la amplia estancia.
De fondo, un mar embravecido rompe con fuerza contra una cala de roca abrupta y rojiza.
La melodía de Fix you, de Coldplay, resuena por las paredes de varios metros de alto.

Se percata de mi presencia, y con un gesto de cabeza meditado me invita a sentarme en la silla contigua.

Sin dejarme la oportunidad de abrir la boca, empieza a hablar pausadamente, mientras vuelve a perderse en el vaivén de las olas blanquecinas.

>> Hace tiempo conocí a una chica que me confesó que se dedicaba a coleccionar recuerdos.
Con ella siempre viajaba una pequeña maleta de cuero negro y rígido, que custodiaba celosamente un interior ordenado de estantes de madera simple.
En cada uno de los estantes, diminutos frascos de cristal, con tapón de corcho lacrado con iniciales, tintineaban al abrir la cerradura.
De algunos frascos se vislumbraban formas y figuras; de otros, volutas de humo de colores danzaban en su interior.

Con un gesto tranquilo, se apartó un pelo castaño lacio que le colgaba por el hombro, para dejar al descubierto su plácido rostro.

Me explico que cada instante de felicidad podía ser conservado en un pequeño frasco para poder recordarlo en el futuro.
Tan sólo hacía falta cerrar los ojos con fuerza, centrarse en el momento que acaba de suceder, y estrechar el cristal contra el pecho.

Inmediatamente, se acerco con suavidad a mis labios y me besó, sujetando en sus manos un frasco abierto.
Al volver a abrir los ojos, observé como cerraba con fuerza el tapón de corcho mientras espirales de humo amarillo y azul se entrelazaban en su interior.

Me regaló el frasco, no sin antes advertirme de que los recuerdos encerrados no podían volver a ser abiertos.
Su propósito era robar sonrisas añejas a sus poseedores. <<

Una lágrima recorre su mejilla, mientras desde la comisura de sus labios se empieza a dibujar una sonrisa sincera.

Entre sus manos, sujeto con fuerza, un frasco de cristal con destellos amarillos y azules.