más allá del horizonte

Al final el horizonte se escondió detrás de las nubes, persiguiendo en un viaje imposible al sol.

La ventana se empañaba de humedad, o de tristeza. Siempre es complicado imaginar el origen de las gotas de agua, retándose unas a otras a llegar al suelo antes que las demás.

El olor rancio de una moqueta pasada de moda y de atención penetraba profundamente durante esta época del año.
Por cuatro perras la podrían cambiar, dándole un lavado de cara necesario y merecido. Pero nos acostumbramos rápido a vivir en según que condiciones, y cuesta deshacerse de los hábitos cotidianos.

Finalmente la música cesó, el monitor mostraba la misma imagen incesante, con sus anuncios llamativos diseñados por adictos al LSD dispuestos a provocar ataques de epilepsia a todos sus seguidores.

Pasaron varios minutos hasta que, por fin, la pantalla se apagó y se fusionó con la oscuridad incipiente del día.
La noche penetraba todos los rincones sin prisa, con cierta pereza y recelo.

(continuará)

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Nunca supe qué poner en lo alto del papel.
La mayoría de las veces se leía “Introduzca su nombre”.
Demasiada información adicional.

Fue por eso que con los años dejé de prestar atención al papel.

Dediqué el tiempo a observar. Callado.

Es más interesante aquello que no se dice, que se obvia o que intencionadamente se calla que no las palabras vacías.

Una niña sufre la reprimenda de su padre por mancharse de chocolate el vestido.
El observador cotidiano ve la escena desde un marco paternal y correctivo.
Sin embargo, si observamos con atención, veremos como la niña sonríe, se relame y medita con detalle de qué será su próximo helado.

Otro ejemplo: una pareja de adolescentes se besa en la estación de tren, al amparo de la sombra del andén.
De nuevo, el observador casual, dictamina la escena como un amor de juventud.
Y de nuevo, otra vez, aquél que se fija observa que la chica mantiene los ojos abiertos, desenfocados y levemente ladeados como observando algo por encima de su cabeza a la izquierda. Está pensando en, posiblemente, otra persona.

Pero observar nada en particular también descubre como, por ejemplo, el aire caliente deforma las sombras reflejadas en el suelo.
Como una veleta se mece al antojo del viento, reflejando, con su esqueleto metálico, rayos de sol en la colada.

Y hay veces, unas pocas veces, que se descubren más detalles con los ojos cerrados: el ritmo frenético de la vecina de arriba, paseando con sus tacones de buena mañana mientras prepara el café y se maquilla en el baño, todo enmarcado en una monotonía imperfecta de un lunes cualquiera.

Y nada fue

Y de repente, silencio; un silencio abrumador.
El tipo de silencio de relleno de cuando no queda nada más que decir y las miradas se pierden por el mobiliario impertérrito del salón.
Un silencio prolongado, doloroso e insistente.
Un silencio inolvidable, que deja mella en la memoria.
El típico silencio marcado con el pasar de los segundos de un viejo carillón.
El silencio retentivo de los que más tarde meditarán profundamente los hechos, sin saber qué o quién tenía o no razón. O en su defecto, culpa.
Aquel silencio que los cobardes usan para abrigarse con él, empaparse de su oscuro centellear y huir de la situación.
Ese silencio en el que los sonidos no son bienvenidos; más bien exentos de presencia y voto.

Pero era un silencio etéreo, indiscutiblemente efímero.
Y como tal, se fue.

No sé quien lo rompió; si tu o yo.
No importa, tu no hablabas y yo no podía escuchar.

Desde el cristal las luces hirientes del semáforo parpadeaban con naturalidad.

Todo terminó con el tañido familiar de la línea telefónica al finalizar la llamada.
Me quedé unos instantes mirando el horizonte, definido por un edificio blanco austero con tendencia al simplismo urbanístico.

Todo quedó en nada.

Y nada fue.

La coleccionista de recuerdos

Una habitación amplia, decorada con una mesa grande de cristal; una lámpara de araña cuelga hasta poco centímetros por encima de la mesa, y sillas de madera con un respaldo negro a su alrededor.
Un hombre sentado mira al infinito por una basta ventana acristalada; el anaranjado de la puesta de sol inunda la amplia estancia.
De fondo, un mar embravecido rompe con fuerza contra una cala de roca abrupta y rojiza.
La melodía de Fix you, de Coldplay, resuena por las paredes de varios metros de alto.

Se percata de mi presencia, y con un gesto de cabeza meditado me invita a sentarme en la silla contigua.

Sin dejarme la oportunidad de abrir la boca, empieza a hablar pausadamente, mientras vuelve a perderse en el vaivén de las olas blanquecinas.

>> Hace tiempo conocí a una chica que me confesó que se dedicaba a coleccionar recuerdos.
Con ella siempre viajaba una pequeña maleta de cuero negro y rígido, que custodiaba celosamente un interior ordenado de estantes de madera simple.
En cada uno de los estantes, diminutos frascos de cristal, con tapón de corcho lacrado con iniciales, tintineaban al abrir la cerradura.
De algunos frascos se vislumbraban formas y figuras; de otros, volutas de humo de colores danzaban en su interior.

Con un gesto tranquilo, se apartó un pelo castaño lacio que le colgaba por el hombro, para dejar al descubierto su plácido rostro.

Me explico que cada instante de felicidad podía ser conservado en un pequeño frasco para poder recordarlo en el futuro.
Tan sólo hacía falta cerrar los ojos con fuerza, centrarse en el momento que acaba de suceder, y estrechar el cristal contra el pecho.

Inmediatamente, se acerco con suavidad a mis labios y me besó, sujetando en sus manos un frasco abierto.
Al volver a abrir los ojos, observé como cerraba con fuerza el tapón de corcho mientras espirales de humo amarillo y azul se entrelazaban en su interior.

Me regaló el frasco, no sin antes advertirme de que los recuerdos encerrados no podían volver a ser abiertos.
Su propósito era robar sonrisas añejas a sus poseedores. <<

Una lágrima recorre su mejilla, mientras desde la comisura de sus labios se empieza a dibujar una sonrisa sincera.

Entre sus manos, sujeto con fuerza, un frasco de cristal con destellos amarillos y azules.

Oscuro (Capítulo 1º – 1ª Parte)

El rugido tortuoso del motor se calmó cuando giré las llaves en el contacto.
Reposé la cabeza durante unos minutos para despejarme de la mañana calurosa.
Salí del coche y me encaminé al ascensor del aparcamiento.
Pulsé la tecla número 42 y ascendí pausadamente hasta que las puertas se abrieron.

Caminé sobre la moqueta gris, regalo de los ’80, y saludé a Rosie por el camino.
Respondió con una ademán indiferente hacia ningún lugar.

De camino a mi despacho, de los cubículos salían conversaciones ajenas vacías de sentido.
‘¿Cuanto paga ahora por su factura de la luz?’
‘Con nuestro plan de soporte regular, podrá disponer de 4 horas de luz al día por una tarifa muy asequible’

Me esperaba un despacho iluminado por una bombilla solitaria de Zero Consumo, fabricadas por nosotros, Unlimited Energy Corporation (UEC).
El slogan de venta rezaba ‘Ponga una en su casa y olvídase de la factura de la luz’. Y cierto era, aunque la vida programada de esas bombillas se estimaba en 500h, y por el precio salía igual que contratar el servicio mínimo de cualquier compañía de luz.

Sobre la mesa de contrachapado me esperaba un cúmulo de contratos, denuncias e peticiones por revisar.
Me senté en el quejumbroso sillón de cuero y mire la pantalla oscura de mi consola.
Encendí el monitor e introduje mis datos de acceso.
Navegué, sin éxito, por las noticias internas de la empresa en busca de algún hecho que pudiera distraerme para empezar el día.
Finalmente revisé mi buzón de correo local y encontré un mensaje con el título ‘FreeNet’.
Eran, de nuevo, los piratas informáticos de la red clandestina buscando adeptos para derrocar a WISA (Agencia Mundial de Seguridad de la Información).

esta historia

Lo que más me sorprende de toda esta historia es cómo se encierra en si misma.
Destaca por su principio abrupto y voluptuoso, pincelando sin decir nada un paisaje inaudito.

Describe, a grandes rasgos, la fragilidad de sus más pequeños elementos expuestos al vacío impasible del infinito.
Nos deleita con pomposas estructuras de carácter reservado, casi tímido de ser.

Y, finalmente y sin previo aviso, finaliza.