Cruz

Sus ojos me mostraban que ya no estaba allí.
Hacía tiempo que se había ido.

La llamé y no respondió. No me miró.

Su vacío se perdió en el sofá, tapándose con una manta.

Y se quedó, inmóvil, somnolienta, aletargada en su propia lejanía.

Y de negro se tornaron sus días.

A ratos balbuceaba, incomprensible, retales de una vida pasada; pues la futura era un marco vetado en la pared.

Y soñé que un día se levantó y huyó, no sé bien donde.
Se fue buscando su desdichada tranquilidad.

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