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Nunca supe qué poner en lo alto del papel.
La mayoría de las veces se leía “Introduzca su nombre”.
Demasiada información adicional.

Fue por eso que con los años dejé de prestar atención al papel.

Dediqué el tiempo a observar. Callado.

Es más interesante aquello que no se dice, que se obvia o que intencionadamente se calla que no las palabras vacías.

Una niña sufre la reprimenda de su padre por mancharse de chocolate el vestido.
El observador cotidiano ve la escena desde un marco paternal y correctivo.
Sin embargo, si observamos con atención, veremos como la niña sonríe, se relame y medita con detalle de qué será su próximo helado.

Otro ejemplo: una pareja de adolescentes se besa en la estación de tren, al amparo de la sombra del andén.
De nuevo, el observador casual, dictamina la escena como un amor de juventud.
Y de nuevo, otra vez, aquél que se fija observa que la chica mantiene los ojos abiertos, desenfocados y levemente ladeados como observando algo por encima de su cabeza a la izquierda. Está pensando en, posiblemente, otra persona.

Pero observar nada en particular también descubre como, por ejemplo, el aire caliente deforma las sombras reflejadas en el suelo.
Como una veleta se mece al antojo del viento, reflejando, con su esqueleto metálico, rayos de sol en la colada.

Y hay veces, unas pocas veces, que se descubren más detalles con los ojos cerrados: el ritmo frenético de la vecina de arriba, paseando con sus tacones de buena mañana mientras prepara el café y se maquilla en el baño, todo enmarcado en una monotonía imperfecta de un lunes cualquiera.

Me he bebido la vida,
Y he escupido sus colores.

Y me han sobrado razones,
Para devolverle motivos.

Si al final se acaba esta función,
A mi no me miren,
Soy un puro espectador.