Perspicaz

Este fue el último beso que te di,
sentados al borde del final,
ni un suspiro logró escapar.

Mantuvimos en todo momento la compostura:
tu perdida entre el vacío de tu pensar,
yo absorto en el lento venir del mar.

Apenas percibimos
como un abismo
se adentraba entre los dos.

Sin nada que decir,
el tiempo nos mató
de manera indolora
y perspicaz.

extranjero

Vuelves de nuevo,
al rincón perdido de antaño.

Sigues buscando despojos,
dichosos de ser encontrados.

¿A que vuelves extranjero?
¿A buscar aquello que no te dieron?

Un camino que se tuerce,
se pierde en el hastío
de otro verano inconsciente.

Cobijate entre tus rocas,
y abraza su murmullo
a la vera de las olas.

Vete ya, extranjero,
olvida este lugar,
y no vuelvas de nuevo.

gorrión

Voló el gorrión
al borde de la jaula.

Miraba inquieto
el verde de las ramas.

Y partió el gorrión
a la más cercana.

Libre, pensó,
aferrado con sus patas.

Y saltó, el gorrión,
camino de una bandada.

Más la noche cayó,
con el gorrión entre montañas.

Volaba y volaba,
y el frío le abrazaba.

El gorrión descansó,
en el alféizar de una ventana.

Soñaba con un bosque,
y la luz de la mañana.

 

 

Y nada fue

Y de repente, silencio; un silencio abrumador.
El tipo de silencio de relleno de cuando no queda nada más que decir y las miradas se pierden por el mobiliario impertérrito del salón.
Un silencio prolongado, doloroso e insistente.
Un silencio inolvidable, que deja mella en la memoria.
El típico silencio marcado con el pasar de los segundos de un viejo carillón.
El silencio retentivo de los que más tarde meditarán profundamente los hechos, sin saber qué o quién tenía o no razón. O en su defecto, culpa.
Aquel silencio que los cobardes usan para abrigarse con él, empaparse de su oscuro centellear y huir de la situación.
Ese silencio en el que los sonidos no son bienvenidos; más bien exentos de presencia y voto.

Pero era un silencio etéreo, indiscutiblemente efímero.
Y como tal, se fue.

No sé quien lo rompió; si tu o yo.
No importa, tu no hablabas y yo no podía escuchar.

Desde el cristal las luces hirientes del semáforo parpadeaban con naturalidad.

Todo terminó con el tañido familiar de la línea telefónica al finalizar la llamada.
Me quedé unos instantes mirando el horizonte, definido por un edificio blanco austero con tendencia al simplismo urbanístico.

Todo quedó en nada.

Y nada fue.