La coleccionista de recuerdos

Una habitación amplia, decorada con una mesa grande de cristal; una lámpara de araña cuelga hasta poco centímetros por encima de la mesa, y sillas de madera con un respaldo negro a su alrededor.
Un hombre sentado mira al infinito por una basta ventana acristalada; el anaranjado de la puesta de sol inunda la amplia estancia.
De fondo, un mar embravecido rompe con fuerza contra una cala de roca abrupta y rojiza.
La melodía de Fix you, de Coldplay, resuena por las paredes de varios metros de alto.

Se percata de mi presencia, y con un gesto de cabeza meditado me invita a sentarme en la silla contigua.

Sin dejarme la oportunidad de abrir la boca, empieza a hablar pausadamente, mientras vuelve a perderse en el vaivén de las olas blanquecinas.

>> Hace tiempo conocí a una chica que me confesó que se dedicaba a coleccionar recuerdos.
Con ella siempre viajaba una pequeña maleta de cuero negro y rígido, que custodiaba celosamente un interior ordenado de estantes de madera simple.
En cada uno de los estantes, diminutos frascos de cristal, con tapón de corcho lacrado con iniciales, tintineaban al abrir la cerradura.
De algunos frascos se vislumbraban formas y figuras; de otros, volutas de humo de colores danzaban en su interior.

Con un gesto tranquilo, se apartó un pelo castaño lacio que le colgaba por el hombro, para dejar al descubierto su plácido rostro.

Me explico que cada instante de felicidad podía ser conservado en un pequeño frasco para poder recordarlo en el futuro.
Tan sólo hacía falta cerrar los ojos con fuerza, centrarse en el momento que acaba de suceder, y estrechar el cristal contra el pecho.

Inmediatamente, se acerco con suavidad a mis labios y me besó, sujetando en sus manos un frasco abierto.
Al volver a abrir los ojos, observé como cerraba con fuerza el tapón de corcho mientras espirales de humo amarillo y azul se entrelazaban en su interior.

Me regaló el frasco, no sin antes advertirme de que los recuerdos encerrados no podían volver a ser abiertos.
Su propósito era robar sonrisas añejas a sus poseedores. <<

Una lágrima recorre su mejilla, mientras desde la comisura de sus labios se empieza a dibujar una sonrisa sincera.

Entre sus manos, sujeto con fuerza, un frasco de cristal con destellos amarillos y azules.

de matí

Quan de matí obro els ulls,
palpo el llit i busco un murmuri,
descobrint el buit dels meus llençols,
desitjant de nou una escalfor.

Si de tot plegat en sóc conscient,
bo fora entendre la meva ment,
diluir-se entre l’aire fresc,
impregnar-se d’una altre pell.

Però és la rutina traïdora,
manipula els racons i no raona,
em sedueix amb records llunyans,
i només m’ofereix enganys.

ella, adolescente

Y entre tanta gente,
surge ella,
de repente.

Sonriendo tranquilamente,
saluda al pasar,
¿dónde vas?,
quédate y siéntate.

Cuéntame que buscas
a quien esperas
con esas mirada
tan enamorada.

Y se sonroja
como una adolescente,
aparta los ojos,
y rie nerviosa.

Se disculpa suavemente,
se levanta con temple,
y se marcha lentamente.

La veo alejarse,
con un andar inquieto,
meciendo sus manos,
entre su pelo.