unas palabras

Tengo un problema. Lo he descubierto por casualidad esta mañana mientras me duchaba.
En el momento en que alcanzaba el jabón de la repisa lo he visto claro, y por tanto he tenido que reaccionar. Por supuesto no he cambiado mi rutina diaria, no estoy tan perturbado todavía.

Sentado en el sillón de mi habitación, he escrito de forma minuciosa mi problema. He observado largamente las letras, y convencido de mi mismo, he dejado la hoja encima del escritorio. Continúa leyendo unas palabras

camino a ningún lugar

¿Y como quieren,
que deje de soñar?
¿Como pueden pretender,
que me encierre en este lugar?

Si nací condenado,
a respirar con los ojos cerrados,
a adorar la soledad.

Y me maldigo,
cada día de esta eternidad,
tañida de sentimientos,
que despiertan al azar.

Cuando cae la noche,
empieza mi despertar,
cuando me siento vivo,
olvidando la realidad.

Algún día,
dejaré de volar,
olvidando mis huesos,
en un nicho de cristal.

Pero hasta entonces,
no me importa ignorar,
todas las miradas fugaces,
o sarcasmos,
que me queráis dedicar.

Nunca pedí nada a cambio,
siempre di de más,
la felicidad no es un trato,
es una forma de libertad.

el fin de la noche

Déjalo ya.
No, no quiero.
¿Porque?
Porque… tengo miedo.
¿Miedo? Creí que lo tenías claro.
Yo también lo pensé, pero ahora parece todo tan distante…
Bueno, lo imagino, pero has sido tú quien ha llamado.
Lo sé, pero esta noche todo parece menos oscuro.
¿Que tiene esta noche de especial?
Nada supongo, y todo a la vez.
La misma luna, las mismas estrellas… No veo nada diferente hoy.
¡Pero mira como brilla la luna! Parece querer cegarte con dulzura.
¿Estás bien?
Sí.
Hace un rato no decías lo mismo.
Ya, pero ahora puedo ver el cielo con mis ojos, y es tan grande.
Infinito diría yo.
Y esta sensación de que quedan tantas cosas por hacer aquí.
Infinitas también.
Hace frío.
Un poco.
Será la noche.
No creo que sea exclusivamente por eso.
¿Como?
Creo que es hora de que cierres los ojos.

oh princesa

Tú,
alma de soledad,
sigues a tus sueños,
por el borde del mar.

Él,
quiere hacerte volar,
te dibuja siluetas,
teñidas de felicidad.

Oh, ¿Que vas a hacer,
si no quieres querer,
lo que puedes tener?

Tú,
no has vuelto a llamar,
te escondes en tu cuarto,
esperando despertar.

Él,
te busca por las calles,
no quiere tropezar,
si encontrarte en tu lugar.

Oh, ¿Que vas a hacer,
si no quieres querer,
lo que puedes tener?

Tú,
te vuelves a esconder,
entre unos brazos,
nada nuevo por conocer.

Él,
te llama en silencio,
intentando comprender,
la ausencia de tu piel.

Oh, ¿Que vas a hacer,
si no quieres querer,
lo que puedes tener?

Oh, princesa,
¿Cuando vas a crecer?

Cualquiera

Cualquiera,
y sin embargo, tú,
tu piel,
tus venas,
pasión de plenitud.

Deseo mundano,
disperso en solitario.

Un beso naufragaría,
en un torrente de pasión;
si una mano se aleja,
otra agarra el corazón.

Dulce innombrable,
ocultas de nuevo tu calor,
que las noches son frías,
y no quiero compartir mi colchón.

Con el tiempo las caricias,
aburren a la razón,
gemidos caducados,
buscando compasión.

Y en los minutos tardíos,
febriles en el balcón,
los encierras desnudos,
sujetos a premeditación.

Mueren los amantes,
al paso de la excitación.

Efecto secundario

El aire pesaba quintales,
entre las paredes vacías.
Emanaba de su esencia,
un sabor a melancolía.

Una pupila dilatada,
observaba.

Su figura emerge,
entre la noche:
seduce.

No condena los dedos
ignoran vocablos.

Esfuerzo desconsolado.
Llora caricias,
sin encanto.

Descubre en un cristal,
líneas rectas para volar.
Vuelve la oscuridad.

Cansancio de respirar,
causa inequívoca de su despertar.
Cuando callan los gemidos,
amanece la soledad.

No morirás

Abro los ojos.
El techo inunda todo mi espacio visual, de un blanco ennegrecido que parece emerger de la infinidad y abalanzarse sobre mí. La persiana desdibuja contra el armario macabras escenas amarillentas, alimentando mi pereza de escasos minutos más de placer.
De fondo se oye el viento en su camino al amanecer, recogiendo de manera minuciosa todos los habitantes distraídos que deambulan sin rumbo fijo.
Miro el reloj, 4:37, vuelvo a resucitar.
Recorro con las manos el suelo en pro de alguna cosa con la que taparme. La temperatura se apodera de cada uno de mis pocos esfuerzos por no perecer en el intento titánico de emprender la mañana otra vez.
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