su boca cerrada

El aroma del café se filtraba por la taza humeante, añadiendo una textura celestial a una triste tarde de domingo.
El rumor de la calle invadía anónimamente el silencio del salón, despertándome de mi meditación post-ingestión.
Decidí repasar de nuevo los papeles que reposaban inertes encima de la mesa.
Cada párrafo escondía un cementerio de recuerdos olvidados, esos que escuecen al rozar los labios con sus pensamientos lejanos.
Tantas tardes de verano, tantas vidas escondidas de antemano, y él impasible seguía mi rumbo de mi mano.
Y nunca se quejaba, nunca decía nada, siempre callado.
Esa ausencia del otro lado de la cama, gemidos desmembrados sin falta de ganas.
Y su boca cerrada, como la tumba de un muerto que nunca palpitó por voluntad.

Un sorbo tibio de un aroma distante.
Una lágrima se marcha indignada. Deshace en su camino cada resquicio de esperanza, de la ausencia endulzada, entre las tardes de domingo que no sabían a nada.
Y de fondo su silencio, ese silencio empañado por el ruido de la plaza.

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