conversaciones privadas

No supe que decirte.
Me mirabas con ojos vidriosos, esperando que te diera la solución a tus problemas. Ansiabas que de mi boca surgieran las palabras necesarias para que pudieras dormir por las noches.
Pero no sucedió.
Te hundías cada vez más, en un colchón que te absorbía con desprecio.
El olor a rancio se apoderaba de las horas y minutos que frecuentabas la pantalla luminiscente, portal a divagaciones varias y pérdida global de tiempo y consciencia.
Pero no dejabas de llorar, veías tus problemas y no sabías que hacer.
Nunca supiste levantarte del suelo por ti mismo.
Y ahora ya te ves, en la cuneta cabizbajo; muerto a destiempo por no saber mirarse al espejo.

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