ensayo sobre la vida

A veces, sólo por un momento, tengo la sensación de ser capaz de tomar consciencia del universo.
Como si pudiera ver el mundo desde una distancia de miles de millones de kilómetros.
Y es en ese preciso instante en el que consigo formarme una idea aproximada de la insignificancia de la raza humana, con su ego inflado por creerse la cúspide de la evolución.

La vida, en general, es irrelevante. No importa lo que hagas, como te llames o a lo que aspires, en menos de 1.000 años no tendrá relevancia, un lapso de tiempo que puede considerarse un suspiro en medidas universales.

Entonces llego a la conclusión y a la formación de la magnitud de la estupidez humana, con sus sociedades jerárquicamente imperfectas, tratando de dirigirse de forma cruzada a diferentes destinos, chocando violentamente por falta de observación.
Tal abnegación lleva a perder el fin mismo de la vida, no cumpliendo, como mínimo, con una de las cuatro leyes básicas: nacer, crecer, reproducirse y morir; debido a la útopica búsqueda de valores intangibles imposibles de definir.

¿Que importa lo que hagas hoy?, el mañana vendrá y se irá con la misma parsimonia.
Nos obstaculizamos psicológicamente sin ninguna posibilidad de atisbar, ni por un segundo, que es la vida.
Morimos pensando que fuimos algo.
Puede que sea la panacea de una existencia deliberadamente condenada.

el murmullo del mar

Podría escribir lo de siempre,
hablar de sentimientos prematuros,
indefensos sin incubadora.

Pero puede que me canse,
de ser siempre incoherente.

No es momento de relatar,
más veladas de porcelana,
de arena como almohada,
de sinceridad premeditada.

Prefiero soñar despierto,
viajar sin descanso,
por este mundo inquieto.

Y descubrir por azar,
porque me gusta dormirme,
con el murmullo del mar.

volver a nacer

Hoy fallecí.
Debo expresar que fue un proceso bastante sencillo. Dulce, si me preguntáis.
Sucedió camino de casa.
Entre intermitentes árboles coloridos, deje vagar mi mente entre la gente.
Me torne inconsistente, recorriendo con cuidado cada sensación que me rodeaba, palpando el calor de Julio en sus finales.
Cuidadosamente abandone el habitáculo, experimentando etereamente el murmullo monótono de los viajeros de la calle.
Dediqué un tiempo indefinido a navegar contra corriente por las mentes de aquellos que no tenían rumbo fijo, saboreando la juventud y la vejez cúal crítico gastronómico.
Quisé escuchar a dos eternos amantes, pero fallé en mi búsqueda insubstancialmente utópica, así que indagé entre las palabras que no se dicen los que se juran lealtad.
Justo cuando decidía nutrirme de otras cuestiones menos mundanas, un estruendo me obligo a retroceder.
Hoy volví a nacer.

oleaje

He tratado de ser sincero,
contigo,
conmigo,
por tí,
por nadie.

Y he acabado,
con el alma en el vacío,
con la piel como pasaje,
con arena en el paisaje.

Pero duermo satisfecho,
por tí,
por mí,
pero ese nadie,
que inunda mi oleaje.

saber perder

No quise llamar a tu puerta,
dejé la nota,
donde no existía,
la tristeza.

Volví al lugar de siempre,
a buscar recuerdos,
a perderme
entre la gente.

Me despedí de tu boca,
del sabor amargo,
de esta derrota.

Y te busqué esta mañana,
en el muelle tardío,
y las lágrimas de añoranza.

Me fuí con tu fragancia,
disimulando la pérdida,
entre un millón de ventanas.

sin un beso

Sin más valor del añadido,
un roce, una caricia en el olvido,
marchaste sin pensar en mí.

Sigo buscándote en el jardín,
dirigente mirando entre rosas y carmín,
por si vuelves a cruzar por aquí.

Como una pestaña molesta,
que no me deja latir,
rebuscando en mis bolsillos,
la llave del desván.

Te fuiste, marchita,
sol de invierno,
sin despedirte,
sin un beso para siempre.