El violinista de medianoche

Pausadamente, el débil corazón dejo de emitir sus lentos latidos. La sangre se detuvo inundando cada célula de melancolía. En su rostro sorprendido se dibujaba con esfuerzo una mueca de ingenuidad.
El silencio naufragó en medio de una marea de incertidumbre. Ni el grito ahogado de la línea recta monocromática conseguía desplazar el vacío de la mente de los presentes.
Una lágrima se deslizó indecisa por la mejilla de su mujer, alianza bañada en oro y deslealtad que sollozaba en un mundo perdido.

Nadie se atrevió a cruzar palabra con los integrantes de su centro familiar. La puerta expresó la soledad al permitir el paso de unas cansadas enfermeras, demasiado acostumbradas a una situación tan sumamente humana, quitándole poco a poco la sensación de desorientación.
«Señora, espere fuera, en seguida viene el doctor» – le indicó una pelirroja de edad temprana. Una mano firme anuló sus fuerzas y se vio sentada en la sala de espera.
En el interior, protocolos aprendidos inhibidos de dolor se dedicaban a un sinfín de actividades mientras comentaban en voz baja los pormenores ocurridos recientemente en su puesto de trabajo.

El sol brillaba con fuerza, proyectando en el suelo acolchado las diminutas sombras de las pobres motas de polvo que surcaban sin interés el aire enrarecido de la habitación.
Le permitirían por unos momentos tener una charla individual con el cuerpo presente.
Expulsó de sus 19 primaveras todas las injusticias que coparon su alma con nitidez, y le lloró amargamente por no poder comprender.
Quiso alcanzar su mano inerte, pero una fina sábana blanca cubría, a excepción de la cabeza, su cuerpo. Tampoco pudo abalanzarse en busca de un abrazo.
Permaneció sentada varios minutos, con los ojos marchitos buscando respuestas entre los pliegues de su sonrisa post-mortem.
Y, decididamente, huyó. Tendría tiempo suficiente para revivir y rememorar esa situación, cambiando actores y víctimas, palabras y silencios, caricias y lágrimas.

Empujó la puerta con fuerza, ocultó su mirada en los patrones de las baldosas del suelo, y enfiló dirección a la puerta de salida mientras, con nerviosismo, rebuscaba entre sus bolsillos un arrugado paquete de cigarrillos.

El sol languideció bajo el cristal ahumado de sus gafas, tiñendo los arboles de un luto marchito.
Aspiraba nicotina con una ansia desmedida, deshojando los segundos en suspiros prolongados.
Del jardín situado en la puerta trasera de la UVI salía un sinfín de gente inverosímil, orquesta taciturna aquejada de dolores varios.
Difuminó sus lágrimas entre las ramas que antaño cubrieron de gozo un nogal, fijando su perdida mirada en el vaivén de una venda atrapada entre los matojos inferiores.

No reparó en la presencia de un individuo familiar, que fumaba distraído levemente apoyado en el cristal de la puerta.
Unos ojos almendrados se posaron sin ánimo de ofensa en su figura, desmembrando su cuerpo por secciones, hasta huir temerosos de encontrarse otra mirada en su camino.
Con la mirada fija, tardó en reaccionar y desviar su mirada del joven, que, sintiéndose observado, apuro la última calada de su cigarrillo y se perdió entre el pasillo de salida.
Mantuvo en su cabeza el rostro un par de minutos, los necesarios para acallar de su fuero a base de nicotina ese dolor sordo que le oprimía el estómago y le cristalizaba tenuemente los ojos.

Un sonido monotemático le devolvió a la realidad, justo cuando el cilindro carbonizado se transformaba en un parte del suelo graciosamente bajo la punta de sus zapatos.
– Dime mamá – contestó cansada. Sí mamá, ahora entro y te acerco yo… Aunque no entiendo como no puede acercarte Pablo – respondió sin ganas.
Depositó de nuevo el teléfono en su gran bolso encaminándose de nuevo a la puerta. Justo en el momento en que su mano izquierda sentía el frío del pomo metálico de la puerta un cuerpo borroso se desplazaba rápidamente por un pasillo contiguo, dejando en su lugar un periódico manoseado.
Alcanzó la esquina sin suerte, un murmullo de gente iba y venía sin síntomas de complicidad.
Ladeó la cabeza hacía la pared y cerró los ojos por un segundo, descargando a su mente del torbellino de ideas y sentimientos que la acosaban sin parar.

– Carol, te he estado buscando! – la voz aguda de su hermano la despertó de su ligero trance. – Mamá hace rato que espera, ¿es que no vas a pensar en alguien más que en ti por una vez? – Una ira antagónica iba adquiriendo fuerza, inundando su cuerpo de un desprecio y una agresividad contenida abismal. – Si Pablo, acabo de hablar con ella… Justo ahora iba a buscarla – Musitó mientras apartaba a un lado el cuerpo despreocupado de su hermano, corroído por las buenas comidas y falto de ejercicio diario.

Se adentró de nuevo en el barullo de la zona de cuidados intensivos, esquivando las miradas apremiantes de los que esperan un milagro imposible. El olor a plástico desenvuelto no ayudaba a mejorar la situación.

En frente de la habitación 327 aguardaba un séquito de personas encabezadas por una mujer de mediana edad, con los cabellos color cobrizo enredados sin sentido en espirales que parecían desafiar a la misma ley de la gravedad. Unas gafas de pasta dignas de los años 60 cubrían sus pequeños ojos marrones, ocultando una mirada avispada curtida con años de práctica.
Desvió su mirada de la puerta cerrada hasta recaer en su persona. Se estremeció ante la frialdad que desprendía un gesto tan meticulosamente ejecutado.

– Hija, tu padre… – Asentí con la cabeza. Mi cabeza empezó a pesar demasiado. Me senté en una silla de plástico azul, típica de las salas de espera de instalaciones públicas. Volví a cerrar los ojos, ignorando cualquier tipo de estímulo externo a mi ser, dejándome llevar a un estado de relajación inconsistente.

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