El violinista de medianoche

Pausadamente, el débil corazón dejo de emitir sus lentos latidos. La sangre se detuvo inundando cada célula de melancolía. En su rostro sorprendido se dibujaba con esfuerzo una mueca de ingenuidad.
El silencio naufragó en medio de una marea de incertidumbre. Ni el grito ahogado de la línea recta monocromática conseguía desplazar el vacío de la mente de los presentes.
Una lágrima se deslizó indecisa por la mejilla de su mujer, alianza bañada en oro y deslealtad que sollozaba en un mundo perdido.

Nadie se atrevió a cruzar palabra con los integrantes de su centro familiar. La puerta expresó la soledad al permitir el paso de unas cansadas enfermeras, demasiado acostumbradas a una situación tan sumamente humana, quitándole poco a poco la sensación de desorientación.
“Señora, espere fuera, en seguida viene el doctor” – le indicó una pelirroja de edad temprana. Una mano firme anuló sus fuerzas y se vio sentada en la sala de espera.
En el interior, protocolos aprendidos inhibidos de dolor se dedicaban a un sinfín de actividades mientras comentaban en voz baja los pormenores ocurridos recientemente en su puesto de trabajo.

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La vida es una noria

Reflejo en un café enfriado,
un deseo marchito,
la carencia del pasado.

Anulas tu voz sin retrato,
reduces tu presencia latente,
al cajón de las cosas pendientes.

La sombra que propagabas,
ocultaba en su legado,
más cosas ingratas,
de las que escupiste a mi lado.

Y dices que soy yo el malo,
el que separa haciendo daño.

Retomo mis palabras de antaño,
huía yo de otra pérdida del engaño,
como alma que lleva el diablo.

¡Cuan equivocado estuve!
¡Tantas horas sufriendo la ignorancia,
de no comprender que seguía acompañado!
¡Cuanto dolor causé,
a un amor desestimado!

La vida es una noria,
que da vueltas sin sentido,
y cuando piensas que se ha ido,
te encuentras de nuevo en su camino.