la batalla
- Tengo que dejarte -,
comento tranquilo,
mientras ella lloraba,
con el velo recogido.
- No te vayas mi vida -,
le espeto con sus labios,
pero la puerta acallaba,
el amargo sabor abandonado.
- Tengo que verle -,
se prometió en un espejo,
y partió con vehemencia,
a lo alto del sendero.
- No seas tonta -,
le dicen en el pueblo,
que la sangre de tu ropa,
no se limpia con dinero.
- Ese flanco está descubierto -,
grita el hombre a su ejército,
se vislumbra en el horizonte,
una figura que se debate corriendo.
- Insensata! -,
gritó el general,
pero tarde fue,
a buscar su funeral.
- Cubridme mis soldados! ,
que la esencia que se derrama,
me roba el alma en pena,
pues se trata de mi dama -.
Un suave chasquido,
les une eternamente,
pues sus vidas se deshacen,
pero sonríen plácidamente.