El sonido de las teclas rellenaba el vació de su interior como el suave líquido que reposaba pacientemente encima de su mesa se iba adentrando en su cabeza para volatilizar sus pensamientos más allá de la razón.
Y fue entonces cuando, por un momento, sus manos reposaron en su regazo. Vigilaba con mirada lasciva toda la superficie de la pantalla, en busca de el mínimo síntoma de placer efímero que se escondiera detrás de cada una de las ventanas que flotaban. Tomó una decisión, desplazo su mano por su mundo virtual y se fijo en un rostro. Lo estudió detenidamente, apuntó un par de detalles en una libreta, y apagó el ordenador.
Salió de la ducha tarareando una canción, esa noche debía estar guapa para la cena de antiguos alumnos de las Escuelas Pías. Los nervios mezclados con la expectación de ver a todos los compañeros hacían que estuviera de buen humor.
Escogió un vestido de tiro largo negro, suficientemente escotado para despertar las miradas más esquivas, con unos zapatos de tacón bajo a juego. Un poco de Chanel, maquillaje sencillo y paso el marco de la puerta sonriendo, pensando en el pasado.
Sacó de sus bolsillos unos guantes de cuero negros, y jugó con el cerradura unos instantes. La puerta del apartamento no ofreció mayor resistencia, y mientras la música de fondo inundaba el pasillo, se deslizó con cuidado hasta la primera puerta. Oía, más allá del salón, el ruido de puertas y cajones.
Ojeó la estancia y, con suma cautela, fue atravesando el sofá mientras acariciaba la fina hoja con suavidad.
Se calzó sentada en la cama, y recogió la toalla y la ropa sucia. Cerró la puerta con el pie, y pasó por delante del espejo. Se paro un segundo, se miro concienzudamente, y finalmente dijo “chica, estás que rompes”.
Con los ánimos subidos, abrió la puerta del salón y se dirigió al cuarto de la lavadora.
Escuchó unos pasos próximo, se acercó a la puerta por su lado ciego, y espero. El pomo se deslizó con fuerza y la puerta se abrió con rapidez.
Pasó por delante de la minicadena, y eso le hizo pensar en cambiar el álbum.
La chica cruzó el salón decidida, con las manos ocupadas entorpeciendo su visión. Se abalanzó sobre ella tapándole con una mano la boca mientras con la otra le introducía un cuchillo por la espalda.
Una mano negro le tapó la boca, y mientras su corazón aumentaba sus pulsaciones a un ritmo frenético, sintió una punzada en su espalda que le hizo paralizarse. La ropa cayó al suelo, al mismo tiempo que algunas gotas de sangre.
Con la chica aterrorizada y con el pecho descubierto, sacó el arma y le asestó una docena de puñaladas en el pecho.
El frió metal se desplazó fuera de su cuerpo, y sintió como el traje se le empapaba de un líquido caliente y denso. Justo en el momento en que se llevaba las manos a la espalda, vio como otra mano negra se acercaba a su pecho. La primera entrada le arrebató la vida, y a la tercera la consciencia. Mientras se desplomaba en el suelo, tenía frío. Y sueño.
La chica se cayó de bruces encima de la ropa, que se iba tiñendo de rojo.
Sacó la cámara, hizo la foto correspondiente y se fue.
Al girar por el pasillo, puedo observar con el rabillo del ojo como el cuerpo de Susana convulsionaba en un intento desesperado de aferrarse a la vida.