Martes, 20 de febrero de 2007 Dejar un comentario Ir a comentarios

En el monte arraigado,
vive un joven árbol blanco,
impasible contemplando,
el paisaje almidonado.

Surca la niebla sus ramas,
para impregnarle con su llanto,
las gotas recorren sus hojas,
como lágrimas deslizando.

Verde se cubre en marzo,
brota la vida en su manto;
para caer sin prisa en otoño,
y sentirse despojado.

Entre surcos y hendiduras,
más de mil criaturas,
han descubierto en su madera,
un confortable madriguera.

Pero cuando llega el hierro,
y astilla su fino cuerpo,
sangra savia por sus venas,
y acaba suspirando una condena:
“¿porque me tiras leñador,
a este margen de la ladera,
si soy yo quien, a mi manera,
te ofrezco mi calor,
para recostarte en primavera?”

En el monte desconsolado,
ahora se observa un tocón,
signo inequívoco que sin perdón,
el árbol ha abandonado su fortaleza.

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