no tengo nada que decir
- No tengo nada que decir – mustió bajando la vista al suelo. Un tenue suspiro prosiguió mientras entrecruzaba los dedos de las manos y se apoyaba de forma incómoda en la pared.
- Pues bien vas a tener que pensar algo, ahora estás solo – su interlocutor marcó la última palabra una entonación que denotaba una trascendencia aparentemente no comprendida.
Levantó la vista por un segundo, dejando escapar una mirada manchada de odio e incomprensión.
- Me voy – dijo al mismo tiempo que se incorporaba rebuscando en su bolsillo un paquete arrugado de Fortuna, del cual sacó un maltrecho cigarrillo que se llevo a los labios mientras con las manos procuraba encender el mechero.
Cuando la distancia que los separaba se hizo notoria, el otro hombre le grito – ¿Es que no vas a crecer nunca?.
Caminó hasta el puente de la Sideral, dónde se sentó a ver pasar los trenes (y las horas). De vez en cuando sacaba una bolsa de plástico transparente, que de su uso ya se había vuelto translúcida, e iba extrayendo chinas de hachís para liarse los porros.
Entre humo y fantasías veía crecer en su interior una sensación de angustia que le iba desgarrando poco a poco.
Estaba solo, completamente solo. Pero no era una novedad, en el orfanato siempre había experimentado una sensación de soledad que los demás ocupaban con vandalismo y drogas. Y él siguió la misma suerte, y así estaba, con su viejo enterrado y sin nadie a quien acudir.
Se levantó perezoso, desplazando la vista por las vías mientras se agarraba con alguna dificultad a la barandilla. Vio pasar al último mercancías del día, y se fue sin rumbo fijo por las escaleras que iban a la zona industrial.