la mañana

5 minutos más,
es lo que pido al pensar,
que esto ya no tiene final,
y sigo su rumbo sin rechistar.
Abro los ojos al madrugar,
y siento las sábanas besar,
todas las mujeres que soñé,
y algún día deseé,
encontrar a mi lado,
sintiendo su cálida piel en mi mano.

5 más por favor,
esta sensación de tranquilidad,
envenena mi cuerpo de felicidad,
humana en caso de derogar,
ese poco tiempo para disfrutar.
El frío suelo me hace temblar,
no quiero volver a despertar,
me escondo de nuevo en este hogar,
dejando los segundos escapar,
por debajo de la fina capa de realidad.

5 ya no quedan,
es hora de devolver la cama,
a su estado de letargo,
desecha y aireada,
me espera, mi fiel amada,
para recogerme entre sus brazos,
cuando la noche caiga cansada.

idiosincrasia

Sientes la tarde enmudecer,
las páginas vuelven pesadas a su marco,
ennegrecido desprecian el tiempo retenido,
surcan al vuelo todo lo prohibido.

Derrotas la mirada en el espejo,
ignoras la clemencia de un ser satisfecho,
y derrumbas la nostalgia en vasos de plástico,
dónde se regocija en su letargo.

Hoy has vuelto a nacer,
dejando más allá al amanecer,
sufriendo la vida recaer,
en tus carnes retoman su placer.

Y añoras la noche ingrata,
con sus besos de porcelana,
te pinta en tus sueños de hojalata,
estúpidos colores de la mañana.

Arrastras los pies por la vida,
dejando sus rastro en toda persona cohibida,
escupes palabras insustanciales,
no puedes beber sus manantiales,
de objetivos conseguidos,
gracias a favores permitidos.

Sientes la tarde enmudecer,
rojo pintas el atardecer,
estas horas desperdiciadas,
ya no te salvan de tu idiosincrasia.

ensayo (I)

(Rosalía entra con Rubén de la mano. Él lleva un trozo de chocolate en su mano y toda la cara manchada.)

Rosalía: Anda pasa, que ya verás como se pondrá tu padre cuando vea la que has armado.
Rubén: Pero si ha sido Manuel.
Rosalía: Me da igual quien haya sido. Ese sillón era de tu padre.

(Antonio entra y Rubén rompe a llorar)

Antonio: ¿Que le pasa a este niño?
Rosalía: No lo quieras saber…
Antonio: ¿Que ha hecho esta vez…?
Rubén: Yo no he sido!

(Antonio coge con firmeza a Rubén y lo mira a la cara)

Antonio: Cuéntame ahora mismo que has hecho!
Rubén: Manuel tenia el chocolate y no me quería dar un poco!
Antonio: ¿El chocolate?
Rosalía: Los niños han manchado de chocolate el sillón de tu escritorio, y ya sabes lo que cuesta que se vaya. Para una vez que les habías traido un poco de Francia… Sigo pensando que deberíamos de internarlo dónde los Jesuitas, allí sí que…

(Antonio le propina una sonora bofetada a Rubén)

Antonio: Te tengo dicho que no entres en mi despacho! Ahora vete a tu cuarto! Esta noche no cenas!
Rubén: Te odio!

(Rubén sube corriendo por las escaleras)

Antonio: Tienes razón, mañana mismo hablo con mi hermano para que lo internen. Y en verano trabajará conmigo en la tienda.
Rosalía: En el fondo es un buen chico, pero necesita disciplina. Hasta se mofa del maestro en la escuela, y siempre está haciendo novillos con esos gamberros de los gemelos.

(Júlia entra por la puerta)

Júlia: Hijo, he llegado del mercado. Dónde la Mari me han dicho que la cartilla de notas de Rubén es horrible. Pero, ¿porque tienes esa cara tan larga?
Antonio: Madre, mañana mismo me encargaré que a tu nieto lo pongan en vereda.
Júlia: ¿Que insinuas con eso?
Rosalía: Su hijo va a ingresarlo donde los curas.
Júlia: A mi niño, no le hagaís eso. No soportaría que os lo llevarías.
Antonio: Madre, tiene que crecer para ser un hombre de provecho algún día. A este paso acabará siendo un inútil sin futuro.

En el monte arraigado,
vive un joven árbol blanco,
impasible contemplando,
el paisaje almidonado.

Surca la niebla sus ramas,
para impregnarle con su llanto,
las gotas recorren sus hojas,
como lágrimas deslizando.

Verde se cubre en marzo,
brota la vida en su manto;
para caer sin prisa en otoño,
y sentirse despojado.

Entre surcos y hendiduras,
más de mil criaturas,
han descubierto en su madera,
un confortable madriguera.

Pero cuando llega el hierro,
y astilla su fino cuerpo,
sangra savia por sus venas,
y acaba suspirando una condena:
“¿porque me tiras leñador,
a este margen de la ladera,
si soy yo quien, a mi manera,
te ofrezco mi calor,
para recostarte en primavera?”

En el monte desconsolado,
ahora se observa un tocón,
signo inequívoco que sin perdón,
el árbol ha abandonado su fortaleza.

mar

Me miras y te vuelves a callar,
pierdes la mirada en algún lugar del mar,
te desnudas y te dejas llevar,
observo a tu pelo flotar.

Tumbada de nuevo,
quiero que observes el mundo entero,
dando vueltas por mis dedos,
entrando suavemente en tu cuerpo.

El sudor de tus labios,
recolectado dulcemente a diario,
guardo celosamente en un rincón apagado,
para que un día vuelvas a llevártelo.

Dejaré que sea el agua,
quien limpie tu piel salada,
le devuelva el aroma de mermelada,
para poder llevármelo por la mañana.

Callada estas encantada,
no surge de tu boca ninguna palabra,
capaz de explicarme tu agonía delicada,
y revolvernos de nuevo sobre la arena mimada.

victimismo conformista

Tus manos inquietas,
dibujan incesantes,
todas las miradas prohibidas,
que algún día ocultaste.

Besas en sueños,
labios cohibidos,
anhelando un destino,
que tú misma encierras en el olvido.

Y lloras las lágrimas,
que no te dieron otros abrazos,
puesto que de ellos obtuviste,
suaves caricias de dedos amargos.

Y ahora me miras,
y suspiras deprimida,
perdida ante mis ojos,
te sientes como un despojo.
(pero en el fondo,
es lo que más te inquieta,
saberme despreocupado,
por todos los aspectos mundanos…)

No me escupas más condenas,
alejate sin aspereza,
con todo tú victimismo conformista,
no me inspiras ninguna pena…

muertes preconcebidas

La mirada traviesa,
descontrolada aprende,
a volar,
sin pensar en lo que no entiende.

Las bocas,
nuestra, locas,
viajan al son,
de sonidos de latón.

Cambias el disco,
cambio la razón.

Me das tu mano,
te doy el corazón.

Lloras las noches,
te alegro los días,
llevas mi vida,
olvidas tu simpatía.

Horas perdidas,
almas enloquecidas.

Palabras temidas,
muertes preconcebidas.