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3 días con Laura

Lunes, 4 de diciembre de 2006 Andreas Dejar un comentario Ir a comentarios

Dia 1

Laura se despierta entre suaves bostezos de su pequeña siesta. No acostumbrada a esta clase de lujos, sus ojos buscan sus gafas como si se sintieran desnudos. Se incorpora tímida, se calza los zapatos y con un poco de esfuerzo la ayudo a levantarse.
Le gusta el chocolate, y en la despensa siempre hay más de una tableta lista para ser abierta. Lástima que ahora ya no volverán ser objeto de su gozo, otra de las muchas cosas que ya no se puede permitir.
A regañadientes limpio la cocina, bajo su experta mirada para que todo queda en su debido sitio. El orden es importante – me dice. Siempre tiene razón, no entiendo como lo consigue pero cada consejo es acertado, y cada reprimenda merecida.
Hoy le ha tocado el turno al cuarto del fondo, hay que limpiar los gallos (¿cuantos van ya? más de 500 creo… sólo ella lo sabe), y ordenar la pequeña mesa de estudio que allí nos ha robado a todos horas de matemáticas y diversiones.
Aquel armatoste que en su día fue una radio, con un pequeño compartimiento para el tocadiscos, me observa impasible. El tiempo pasa, las cosas van y se quedan, pero ese dichoso aparto siempre me observa con respeto. Cuanto sabe él que no sé yo…
Puede que ya no de clases a sus nietos, pero eso no quita que siga siendo tan diligente y cuidadosa. Vigila con eso que se puede romper – me conoce más que mi propia madre. Con cuidado las horas van pasando, poco a poco todo vuelve a recobrar su esplendor mensual.
Es hora de cenar abuela – su cara se tuerce indicando que no es el mejor momento.
Ves preparándolo que voy a la habitación a cambiarme – dice mientras deja la silla en su sitio.
Puré de verduras y un poco de carne, es el menú que tenemos hoy. Así que caliento en la olla el puré mientras en el otro fogón voy calentando una sartén para hacer la carne.
Preparo la mesa y coloco los platos. Siempre descuido la posición de los cubiertos, no me he acostumbrado al “libro del saber hacer”.
El puré aguarda mientras tapo la carne con un plástico, y me acerco a su habitación a ver por dónde anda. Siempre intento ser discreto y llamar suavemente a la puerta antes de entrar. Esta vez no llegue a pasar el marco – ¿ya está lista la comida? – me responde desde el interior de la habitación. Si abuela – Oigo como las patas de la silla rozan con el parquet, y unos pasos se acercan a la puerta. Me mira, sonrie, y me dice – pues venga, vamos a comer.
Cuando yo era más pequeño, todos los miércoles, cuando comía en su casa, la misma situación se repetía: estás muy delgado – me decía. Tienes que comer más. ¿Seguro que no quieres un poco más? Venga va solo un poco – era una curiosa estrategia, porque antes de que te dejará decir palabra, en tu plato ya había un par más de cucharadas de lo que fuera.
Ahora soy yo el que le dice, preocupado – ¿no quieres más abuela? Acábate esto por lo menos, haz un esfuerzo.
En la mesa descansan medio plato de puré y uno de los dos trozos de carne, junto con media cuajada.
Me voy abuela – le digo sentado en los pies de su cama, mientras ella mira el televisor sentada en la butaca. Muy bien guapo – me responde con una de esas sonrisas que le levantan las gafas lo suficiente para que luego se las tenga que volver a ajustar.

Dia 2

Hoy no se ha levantado a su hora. Son las 11 de la mañana y sigue descansando en su habitación. Es impropio de ella pero sé que necesita descansar. La sesión de ayer le dejó muy cansada.
Se ha levantado y ha desayunado escasamente. Se ha quejado de que le molesta el estómago, y que tiene indisposición. Además de que le siguen saliendo pequeñas heridas en la comisura de los labios, que ella se trata con una crema regeneradora.
No ha llegado a misa, y tampoco ha hecho ningún esfuerzo por ir. Estoy cansada y no tengo ganas de moverme de casa – le he oído comentar.
Hoy le he preparado una sopa de arroz y un poco de estofado, pero casi se ha dejado todo en el plato. Creo que se ha adelgazado, aún así le noto las piernas hinchadas…
Nos hemos reído hablando de cosas de cuando yo y mis primos eramos pequeños, y de la casa de Ronda y mi abuelo, Calella, mi madre, Bagur y sus bisnietos. Me gustan estas conversaciones más tañidas del ayer que del mañana, me acercan a ella. Ojalá hubiéramos hablado más en el pasado.
En la habitación, el televisor encendido y ella ya medio dormida.
Buenas noches abuela – le digo con sumo cuidado, no sé si ya duerme. Entreabre los ojos y me dice – Buenas noches cielo.
Me voy dejando escapar, casi para mi sólo, un – Que descanes bien.

Día 3

(o como debería ser)

Hoy descansa, no ha abierto los ojos en toda la mañana.
Le he cogido de la mano.
Respira pausadamente, se la ve tranquila.
Todo va a ir bien – le digo al oído, evitando que todos los demás nos oigan.
Se va, lo sé, se me va, se nos va, se acaba. Pero se la ve tan plácidamente dormida que desprende una sensación de paz muy conciliadora.
Te quiero – aunque no me oiga, lo sabe.
No me importa ni el porqué ni el cómo. Sigue dormida, dejando escapar de vez en cuando un suspiro entrecortado entre sueños.
Los demás lloran desconsolados, se miran y se siente vacíos. Pero ahora ya no me importa.
Todo va bien, necesito pensar que todo es mejor así.
Una sola lágrima recorre mi mejilla hasta rozar mis labios.
Me espero en la puerta, junto a un movimiento indescriptiblemente insólito para la situación actual.
De pronto la máquina es apagada, no hay motivo para seguir mirando una pantalla monocromática.
Lamentos y llantos, dolor y compasión. Lágrimas descontroladas, pero sin sollozar. En el fondo ha ido bien.
No existirá mujer capaz de robarme el corazón como lo ha hecho ella.

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  1. Silvia Alegre
    Sábado, 24 de febrero de 2007 a las 00:08 | #1

    Andreas, he leído los 3 días con Laura y me he emocionado. Tus palabras llegan muy hondo. Silvia

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