Capítulo 2: Soledad
“Rodeó su nuca con la mano, acarició el bello que poblaba esa zona y le dio un beso en la frente.
Inhaló una bocanada de aire mientras separaba sus labios de su piel, y fijó la mirada en las pecas que ella tenía en la nariz.
Con un golpe certero clavó el cuchillo en el vientre de la chica, sin dejar de mirarle fríamente a los ojos. En pocos segundos sus manos se envolvieron de la vida que se perdía (o ganaba), y se regocijo en la idea dejando que el suelo fuera empapandose.
Disfrutaba escuchando el sonido que generaba el acto de mover descontroladamente el cuchillo arriba y abajo dentro de su cuerpo; acuoso como el que produce una manta mojada al ser lanzada contra el suelo encharcado.
Repasó con sus dedos la comisura de sus labios, limpiándole la cara; para, acto seguido, degustar el sabor de su esencia con su lengua. No pudo resistir la tentación, y al agarrarla bien fuerte para darle un último beso no supo controlarse y acabo atravesando más de lo que deseaba el frágil cuerpo, hasta que un sonido seco marcó el final de un baile inesperado.”
La lámpara de aceite le indujo sensualmente a acostarse, mientras de sus hebras emanaban los últimos vestigios de una llama azulada.
Sopló encima del papel para que se secará la tinta, y cerró con cuidado el cuadernillo. La pluma reposaba dentro de un frasco de cristal, al lado del tintero. Por la mañana tendría que limpiar de nuevo toda la mesa, ahora marcada por las frías horas de soledad perdidas frente a una pared gris y una mesa de madera.