Capítulo 3: Ira

El frío del frigorífico de la universidad ayudaba a crear un ambiente idóneo para la primera clase de anatomía. El doctor Rasmund mostraba con esmero como los tendones se distribuían por el antebrazo de un joven barón que por causas desconocidas había donado el cuerpo a la ciencia.
Al acabar, despejaron la sala de forma ordenada, con algunos grupos formados en breves minutos discutiendo en voz baja.
– Eh, despojo humano, ¿dónde te has dejado la gorra de las limosnas? – se bufoneo Rob, acalorado por los ánimos de sus amigos de clase social alta. Un empujón marco el fin de la humillación, Fred se levanto tomando nota mental.
De vuelta a casa, el ánimo no podía ser mas positivo. Rodeo el parque y atajo por el callejón de los cerrajeros. A mitad de camino vislumbro entre los montones de papeles y cajas una billetera de cuero. Cautelosamente se agacho para recogerla.
De repente un dolor insoportable se adueño del talón de su pie izquierdo, haciéndole gritar de dolor. Tuvo que hacer contrapeso con el otro pie para poder mantener el equilibrio, mientras lentamente se iba girando para descubrir que es lo que le provocaba tal dolor. La presión que ejercía en su pie derecho le hizo caer al suelo cuando una segunda punzada le dejo sin el único punto de apoyo que tenia para sostenerse, y cayo de bruces de forma aparatosa.
Una vez en el suelo pudo girarse para comprobar que o quien le estaba provocando aquel sufrimiento.
El rostro de Fred desprendía una felicidad y una concentración fuera de lo normal.
Forcejeo con Rob, que se debatía entre el dolor de sus heridas y la presión que ejercía sobre él, hasta que fue capaz de levantarle lo suficiente el brazo derecho como para desgarrar de un corte mas bien pésimo y chapucero la parte de la axila, dejando a su víctima aullando en el suelo. Una espuma empezaba a escaparse por la comisura de sus labios, lo más probable es que estuviera llegando al limite moral de sus fuerzas; por lo tanto, debía ir con cuidado para no dejarlo inconsciente y perder toda la gracia del espectáculo.
Aprovechando que tenia la cavidad bucal lo suficientemente abierta, le cogió con firmeza la lengua y con las tijeras que usaba para cortar las partes colgantes del cerdo le secciono la lengua con un par de movimientos. Así evitaba que el bastardo intentara pedir auxilio durante su intervención.
Le abrió la camisa poco a poco, dejando al descubierto su pecho palpitante. Hizo un amago de levantarse para coger el bisturí de nuevo, pero la cantidad de sangre que cubría la acera empedrada le jugó una mala pasada y acabo resbalando hacia atrás. Se incorporo, echo un vistazo a su ropa y se maldijo a si mismo por ser tan descuidado.
El bisturí se comporto a la perfección al empezar a hacer presión siguiendo una imaginaria Y por el pecho y parte del abdomen. Era maravilloso contemplar como la creación humana en todo su esplendor se debatía por seguir adelante dadas las circunstancias.
El timbre de un colegio cercano le sobresalto. Con miedo de ser descubierto, considero que ya había tenido suficiente por el momento. Sin dilación aguantó la cabeza del muchacho levantada mientras con la otra mano cortaba la fina piel del cuello, esmerándose particularmente en los puntos dónde se hallaban las principales venas y arterias. Acto seguido, arrinconó el cuerpo moribundo en un lado y lo cubrió con cajas, amontonando a su vez todo lo que llevaba el susodicho encima.
Reemprendió su marcha, asustando a un perro que llevaba como botín la lengua que se había dejado encima del suelo.
Que grandiosos días le esperaban en esa santa institución!

Capítulo 2: Soledad

“Rodeó su nuca con la mano, acarició el bello que poblaba esa zona y le dio un beso en la frente.
Inhaló una bocanada de aire mientras separaba sus labios de su piel, y fijó la mirada en las pecas que ella tenía en la nariz.
Con un golpe certero clavó el cuchillo en el vientre de la chica, sin dejar de mirarle fríamente a los ojos. En pocos segundos sus manos se envolvieron de la vida que se perdía (o ganaba), y se regocijo en la idea dejando que el suelo fuera empapandose.
Disfrutaba escuchando el sonido que generaba el acto de mover descontroladamente el cuchillo arriba y abajo dentro de su cuerpo; acuoso como el que produce una manta mojada al ser lanzada contra el suelo encharcado.
Repasó con sus dedos la comisura de sus labios, limpiándole la cara; para, acto seguido, degustar el sabor de su esencia con su lengua. No pudo resistir la tentación, y al agarrarla bien fuerte para darle un último beso no supo controlarse y acabo atravesando más de lo que deseaba el frágil cuerpo, hasta que un sonido seco marcó el final de un baile inesperado.”
La lámpara de aceite le indujo sensualmente a acostarse, mientras de sus hebras emanaban los últimos vestigios de una llama azulada.
Sopló encima del papel para que se secará la tinta, y cerró con cuidado el cuadernillo. La pluma reposaba dentro de un frasco de cristal, al lado del tintero. Por la mañana tendría que limpiar de nuevo toda la mesa, ahora marcada por las frías horas de soledad perdidas frente a una pared gris y una mesa de madera.